28/12/2009 EL MATRIMONIO ENTRE CHINA Y EE.UU. NO PODÍA DURAR "Chimérica", la combinación de las economías de ambos países, se sostuvo por el desarrollo chino y el consumo norteamericano. Pero los costos globales son dramáticos.
Hace algunos años, Mortiz Schularick y yo acuñamos el término "Chimérica" para designar la combinación de las economías china y estadounidense, que juntas se habían convertido en el motor de la economía global. Con un 13 por ciento de la superficie terrestre y alrededor de un cuarto de la población mundial, Chimérica sin embargo generó un tercio de la producción económica global y dos quintos del crecimiento mundial entre 1998 y 2007.
Le dimos el nombre de Chimérica por una razón: pensábamos que esa relación era una quimera, un híbrido monstruoso semejante a la criatura legendaria que era a la vez león, cabra y serpiente. Ahora acaso estemos presenciando los estertores de muerte del monstruo.
En su apogeo, Chimérica estaba compuesta en gran parte por una combinación del desarrollo chino, impulsado por las exportaciones, con un consumo estadounidense excesivo. Gracias a la simbiosis chimericana, China pudo cuadruplicar su producto bruto interno entre 2000 y 2008, quintuplicar sus exportaciones, importar tecnología occidental y crear decenas de millones de puestos de trabajo industriales para los pobres de zonas rurales.
A Estados Unidos, Chimérica le permitió consumir más y ahorrar menos al tiempo que mantenía bajas las tasas de interés y estable el ritmo de inversión. El consumo excesivo significó que, entre 2000 y 2008, el gasto estadounidense siempre superó a los ingresos nacionales. Los bienes importados de China representaron aproximadamente un tercio de ese consumo excesivo.
Durante un tiempo, Chimérica pareció no un monstruo sino un matrimonio perfecto. El comercio mundial prosperó rápidamente y los precios de casi todos los activos experimentaron un pronunciado aumento. No obstante, como muchos matrimonios entre una persona ahorrativa y otra gastadora, Chimérica no estaba destinada a perdurar. La crisis financiera que se inició en 2007 estropeó el matrimonio. Corregir el desequilibrio económico entre Estados Unidos y China -la disolución de Chimérica- es indispensable para devolver el equilibrio a la economía mundial.
La era chimericana está llegando a su fin. Dado el estallido de las burbujas de la deuda y la vivienda, los estadounidenses tendrán que curarse de su adicción al dinero barato y el crédito fácil. Las autoridades chinas comprenden que los endeudados consumidores estadounidenses no podrán volver a ser compradores de productos chinos en la misma medida que en el período anterior a 2007. Y no se sienten cómodas con su exposición a la moneda estadounidense en forma de activos de reserva denominados en dólares por casi 2 billones. Las autoridades chinas tienen acumulados más dólares que ninguna potencia extranjera de la historia, y eso las pone muy nerviosas.
Sin embargo, la tentación de mantener viva esta sociedad sesgada es muy fuerte para ambas mitades de Chimérica. Pese a que mucho se habla de la necesidad de reducir los desequilibrios globales, el mayor desequilibrio de todos sigue en pie. Este año, el déficit comercial estadounidense con China rondará los 200.000 millones de dólares, igual que el año pasado. Y China nuevamente ha intervenido en los mercados cambiarios comprando 300.000 millones de dólares para mantener su moneda, y por lo tanto sus exportaciones, a bajo precio.
Los funcionarios estadounidenses, entretanto, parecen igualmente deseosos de prolongar la adicción de su país al dinero barato mientras la recuperación económica se presente tan frágil, pese al efecto que esto pueda tener en el tipo de cambio del dólar respecto de otras monedas.
¿Y por qué los estadounidenses habrían de disuadir a los chinos de comprar más títulos denominados en dólares? Con déficits de billones de dólares hasta donde alcanza la vista, el Tesoro necesita todos los compradores extranjeros que pueda conseguir.
Pero la realidad es que terminar con Chimérica sería beneficioso para los Estados Unidos por tres motivos por lo menos. El primero, ajustar el tipo de cambio entre las monedas contribuiría a reorientar la economía del país, fundamentalmente al hacer que las exportaciones estadounidenses fueran más competitivas en China, la economía de más rápido crecimiento del mundo.
El segundo es que poner fin a Chimérica reduciría la dependencia potencialmente peligrosa de la política económica estadounidense de medidas de estímulo a las compras nacionales. La política fiscal de los EE. UU. claramente está en un camino insostenible, y las tasas de interés insignificantes de la Reserva Federal y la emisión de dólares están inflando artificialmente el precio de las acciones.
Por último, la revaluación del renminbi reduciría el riesgo de una fricción internacional por cuestiones comerciales que podría llegar a ser grave. El problema es que, conforme el dólar se debilita frente a otras monedas mundiales -sobre todo el euro y el yen japonés -, también lo hace el renminbi, lo que magnifica la ya amplia ventaja china en los mercados exportadores globales. El peso del ajuste posterior a la crisis recae de manera desproporcionada fuera de Chimérica. Si la moneda china no se revalúa, es probable que se produzca una ola no coordinada de medidas defensivas adoptadas por los países afectados por la doble depreciación de Chimérica. Ya estamos viendo señales de peligro.